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jueves, 16 de febrero de 2012

JOSÉ LUIS GÓMEZ, ACTOR Y DOCTOR "HONORIS CAUSA"


Hay universidades bisoñas, de escaso calado histórico y más aún profesional y académico, como la de Elche, que apuestan por "doctorar" a un personajillo como Francisco Camps por haber sido ex-presidente de su comunidad y "amigo" del alma, y hay otras de gran prestigio, excelencia fuera de toda duda y alcance histórico como la Complutense que aciertan al dignificar la sociedad en que se asientan y su gente apostando, como hizo su rector saliente Carlos Berzosa el pasado año, antes de dejar el cargo, nombrando al reconocido actor José Luis Gómez (Huelva, 1940), doctor "honoris causa". Berzosa, con su valiente decisión, no solo ha dignificado la labor de una gran personalidad de la cultura española, sino a todo lo que representa. En su discurso improvisado -reproducido en la revista ADE nº 135-, con evidentes alusiones a lo que ha significado el teatro en su vida particular y académica estuvo ocurrente al decir que "el teatro está muy vinculado a la Universidad, pero debería estarlo más e impartirse a todos, tambiéna abogados o economistas", añadiendo que "hay que conocer la realidad, no quedarnos encerrados en nuestras aulas o despachos. Hay que asistir con mayor frecuencia al teatro. No basta con saber las grandes cifras de la economía. Me viene a la memoria el famoso discurso del Vencereis pero no convencereis (*) que pronunció Miguel de Unamuno. Y yo, como él, también considero que quedarse callado equivale a mentir. No seamos el silencio de los corderos y alegrémonos de que, gracias al teatro, hoy sea un gran día".
La aportación de José Luis Gómez, como actor sin igual, director, gestor con su peculiar proyecto de La Abadía en Madrid, es manifiestamente rica. Nació en Huelva, en el seno de una familia hostelera, profesión que siguió inicialmente, hasta que en los años 60, estando estudiando hostelería en Alemania, siguiendo la voz interior de su gran afición, estudió teatro. Y con el baremo de su formación académica actoral en Alemania y luego en Wroclaw (Polonia) con Grotowski y su experiencia del "teatro pobre", decidió regresar a España en 1972 para realizar un inolvidable montaje del texto de Kafka "Informe para una academia". Poco después, un buen puñado de aficionados al teatro de esta isla, quedaríamos impactados de su trabajo actoral presenciando ese espectáculo en el teatro Pérez Galdós y compartiendo personalmente con él sobre teatro en un masivo coloquio en la Casa de Colón.
Esta gran personalidad del teatro español para quien su profesión consiste en el fondo en "dejarse afectar" por destinos humanos, confiesa haber seguido en el trabajo común de su proyecto de La Abadía, lo expuesto por Joseph Conrad en su libro "El espejo del mar" al glosar los constructores de barcos de madera: "La pericia de la técnica, es más que honradez: es un sentimiento no enteramente utilitario, que abarca la honradez, la gracia y la regla y que podría llamarse el honor de su trabajo. Está compuesto de tradición acumulada, lo mantiene vivo el orgullo individual, lo hace exacto la opinión personal, y como a las artes más nobles, lo estimula y sostiene el elogio competente. Hay un tipo de eficiencia, sin fisuras prácticamente, que puede alcanzarse de modo natural en la lucha por el sustento. Pero hay algo más allá, un punto más alto, un sutil e inconfundible toque de amor y de orgullo que va más allá de la mera pericia; casi una inspiración que confiere, a toda obra ese acabado que es casi arte, que es el arte".
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(*) Se refiere a la respuesta que el escritor Miguel de Unamuno, rector en ese momento de la Universidad de Salamanca, dio el 12 de octubre de 1936 al general legionario franquista Millán Astray tras lanzar su grito de "Muera la inteligencia".